Mtv sigue ahí

Podría decir sin temor a equivocarme que todos los que eligieron la vocación por la educación han soñado ser esos guías que conducen a los muchachos fuera de la caverna, para que no sigan mirando sombras proyectadas contra las paredes, sino que puedan ver la realidad con sus propios ojos y sin mediaciones que les traicionen la libertad. Pero ¿qué tal si somos nosotros los que nos encontramos allí adentro, maniatados por nuestras rutinas y por la acomodación de nuestro ímpetu ante la arrolladora fuerza de la costumbre, que nos dice que no hay mucho más que hacer que intentar cumplir con el plan de estudios, que al fin de cuentas la mayoría de los que no nos responden como debieran o como quisiéramos ya venían defectuosos de la casa, y que los que rinden son nuestra única meta? ¿Qué tal si no logramos conectarnos ni vincularnos efectivamente con ellos, si nuestros intentos fallan, no por falta de voluntad o de talento, sino porque les hablamos a las sombras de esa realidad que son los estudiantes y no a los seres humanos de verdad?

La experiencia nos puede traicionar – sobre todo si contamos por experiencia nuestra capacidad de repetirnos infinitamente – pues nos asegura que ya conocemos a los chicos, que ya sabemos quiénes son por el hecho de tenerlos clasificados por grados, por ciclos, por cursos o semestres. Los años doblegando voluntades para que tengan una oportunidad frente al conocimiento, haciendo nuestro mejor esfuerzo o, en algunos casos, algún tipo de esfuerzo, por persuadirles de la utilidad de lo que les enseñamos, pueden habernos convencido de que ya los tenemos descifrados y que no nos hace falta investigarlos más. La victoria pudo habernos vencido. ¿Y si la vida de los muchachos es mucho más compleja de lo que parece? ¿Si sus inapetencias académicas son fruto, no de una apatía contra nosotros, sino de una desilusión frente al futuro? ¿Si las grandes o pequeñas tragedias que viven en la cotidianidad han sido el detonante de su desconexión frente al aprendizaje? Porque no podemos pensar que simplemente porque uno de ellos obtiene buenas notas está capacitado para vivir. Lo sabemos. Los hemos visto. hemos sido testigos de cómo algunos de los más notables no lograron hacer nada significativo con la vida, hemos sido sorprendidos por aquellos indeseables en el aula que terminaron siendo profundamente exitosos en lo que la sociedad suele llamar éxito, hemos notado a los que pasaban desapercibidos cuando años después terminaron haciendo algo extraordinario.

Nos viene siempre bien mirarlos más allá de sus comportamientos en la clase, oírlos más allá de sus exposiciones o intervenciones en clase, estudiarlos más allá de las anotaciones en el observador del alumno, nos viene bien tener espíritu investigativo frente a lo que son, lo que usan, lo que quieren, lo que piensan, lo que influye en ellos tanto o más que nuestro ordenado y tan consistente modelo educativo. Hay que ir a la fuente, para poder comprender los hilos que mueven tanto interna como externamente la voluntad, el deseo, el sentido de vida de nuestros estudiantes. No podemos pasarnos la vida criticando lo que ven, lo que escuchan, los lugares a los que van, despreciando sus elecciones, sus preferencias, o simplemente ignorándolas. O bueno, siendo honestos, si podemos, de hecho, con frecuencia lo hacemos, pero no vale la pena traicionar nuestro propio sueño y una de las elecciones fundamentales de nuestra vida, por negarnos a la posibilidad de aprender.

¿Aprender qué? Pues la vida. No la nuestra, la de ellos, que tiene algunos rincones más que la que nos tocó vivir cuando teníamos su edad. Nuestros impulsos, deseos, tendencias o necesidades eran los mismos, pero la oferta, no podemos negarlo, era mucho menor. Hoy parece haber de todo y para todos los gustos. Entre juegos de video, youtubers, realities de Mtv, canciones de todo tipo, subculturas de todo cuanto se ha inventado bajo el cielo, microrreligiones, todas las ligas de fútbol, televisión por demanda, la farándula y sus íconos, o los superhéroes – cada vez más metahumanos –  se gastan el tiempo que eligen voluntariamente gastar. Cada una de estas aficiones, cada gusto, cada inclinación hacia algo está cargada de significados, introduce ideas, temas, estéticas en su mente, le da escenografías a su imaginación, le pone banda sonora a su manera de andar por el mundo.

Él ánimo de búsqueda no puede ser postizo, instrumental. No se trata de aprender 3 marcas y 4 frases de canciones y repetirlas en clase para parecer alguien que está conectado con su mundo, se trata de regresarnos a la era en la que nuestra curiosidad no estaba resuelta con nociones de desarrollo evolutivo, ese momento en el que entender a Piaget no nos resolvía todo, nos cuestionaba todo. Volver al punto en el que sonaba más interesante construir conocimiento que impartir conocimiento, porque podía resultar encantador imaginar chicos aprendiendo desde lo que ya venían conociendo, y no memorizando para devolver en el examen. Retornar a las chispas iniciales que detonaron lo que nos hizo convertirnos en maestros, y que tenían que ver con una pasión por el aprendizaje, una incapacidad de renunciar al conocimiento.

Más allá de las certezas que damos por chequeadas, puede ser que otras luces, otras sombras, otros senderos nos lleven hacia un mundo que desconocemos, sea por la aceleración de nuestro ritmo, por lo implacable del sistema, o por la difícil tarea de administrar lo emocional. Haciendo el recorrido una y otra vez, ya no solo hacia la actualización de nuestras disciplinas de estudio, sino hacia la permanente conexión con los puntos que dotan de sentido la cotidianidad de los que queremos también acompañar en su camino fuera de la caverna, estaremos más y mejor preparados para ir con ellos, pues tendremos aprendido el camino.

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