Oh Captain, my Captain

Lo sé. La nuestra es una labor incomprendida, no solo eso, es una labor ingrata. Tenemos la responsabilidad de hacer que nuestro trabajo no sea necesario, somos exitosos en la medida en que somos prescindibles. Eso hace que pocas veces se escuche decir a padres, a directivos o a los mismos estudiantes esas palabras tan consoladoras para nuestra humanidad agobiada: “Gracias”, “Le debo mucho”, “Hizo Ud. muchas cosas por mí”. Hoy quisiera usar este vehículo del tiempo que son las letras, que tienen la capacidad de atravesar tiempos y espacios cargadas de significado, para decirle a quien se encuentre del otro lado, que su labor sí ha sido importante, que es mucho lo que ha entregado y poco lo que ha recibido, que tiene mucho mérito pasarse la vida intentando que otros hagan algo significativo con la suya, y que confío en que esas leyes invisibles de la vida, de las que no tenemos tanta certeza como esperanza, le recompensen en plenitud  y gratificación todo lo que ha hecho.

Somos una especie necesitada y a la vez desprendida del reconocimiento. Si bien no parece del todo sano vivir con la obsesión de que nos digan que hicimos algo bien o que somos personas valiosas, qué bien se siente oírlo y qué fuerza da recibirlo de parte de quienes están a nuestro lado. Nuestro problema puede ser que radique en que, aunque no la necesitamos, no logramos desprendernos de nuestra costumbre de vivir en competencia, de querer tener un mayor estatus que otros, por conocimiento, por moral, por estética, por capacidad adquisitiva, por ideología, por experiencias memorables. Suele pasarnos que cedemos ante la tentación de querer ubicarnos sobre los otros, y el auténtico reconocimiento solo es posible entre pares.

Sucede que no es lo mismo enseñar ciencias naturales que enseñar a vivir. Ni necesariamente funcionan las didácticas propias de la matemática a la hora de proponer identidad, autonomía, convivencia, paz. Puede que el rol de autoridad, el estatus de control o de moderación del escenario educativo sea crucial con las disciplinas académicas, pero sin duda es y ha sido un impedimento para el buen ejercicio de la educación emocional, del aprendizaje existencial. Puestos en un mundo que no valora ni valida el reconocimiento, que desecha por inconveniente la capacidad de agradecer, de expresar la admiración, inmersos en una cultura que exagera su fanatismo hacia determinados talentos pero reduce hasta desaparecer el asombro por lo sorprendente de los seres humanos comunes y corrientes, la educación para la vida ha padecido el que las condiciones del aula impidan que sea lo que siempre ha debido ser, una conversación entre personas que se reconocen, y que quieren compartir lo que la vida va significando para cada uno, en la que el rol del maestro tiene más relación con el acompañamiento que con la instrucción.

Seguramente le debemos buena parte de las lecciones útiles de nuestra vida a la experiencia. Pero no podemos negar que hay personas que nos dieron algunos de los rumbos que luego marcaron nuestros principios y nuestras lealtades más particulares. Esas personas no necesariamente lo hicieron desde un rol de autoridad, sino precisamente cuando, despojados de ese rol, se permitieron acercarse, tomar una postura sin juicios, señalar otros horizontes distintos, más amplios de los que veíamos entonces, y nos hicieron sentir capaces de conquistarlos. No estaban dándonos una lección que luego pudiera ser tomada en un test, sino que estaban dándose permiso de ser reconocidos en su propia historia, de verse inclusive vulnerables, finitos, no con la omnipotencia del conocimiento –o de la nota – sino con la seductora presencia de quien ha llegado donde ha llegado sin negar sus capacidades ni sus incapacidades.

Keating tenía razón. No se trata de las fórmulas, ni de los sistemas, ni de las filosofías, ni de las reglas gramaticales por sí mismos, se trata de que todo eso tiene sentido si nos ayuda a entendernos en medio de la ruidosa cotidianidad en la que a tantos intereses les conviene que no tengamos identidad ni pasiones genuinas. Más allá de las métricas de la poesía estaba el espíritu que todos somos, independiente del nombre que le demos – más allá de la semántica está la comunión en lo humano – que no merece ser reducido a una voluntad de consumo. Tantos años de evolución para concedernos estas capacidades no pueden quedar reducidos a usarlas para cambiar de carro o de televisor cada tanto tiempo. Pero el capitán tiene que ser mi capitán, no un individuo ajeno, no un calificador, sino alguien semejante a mí, alguien que puede reconocerme porque está en mi condición, alguien a quien puedo reconocer porque no le veo por encima ni por debajo de mí mismo.

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