Personas Extraordinarias hay en todas Partes

Mucho se escucha desde hace un tiempo sobre la imposibilidad de lo objetivo, de lo neutral. Todos nosotros tenemos entrenada la mirada para detectar cierta clase de cosas, hemos sido criados – condicionados dirán algunos – para fijarnos en determinados rasgos de la vida y especialmente de las personas. Esta mirada con sus reconocidos acentos determina buena parte de nuestras preferencias y elecciones, pero también nuestras distancias y rechazos. Lo que no se nos dice con la misma frecuencia es que si fuimos adiestrados desde chicos bajo ciertos parámetros que hacen imposible la objetividad pura al mirar y detenernos en los otros, eso significa que podemos continuar, ahora intencionalmente, dicho adiestramiento para que nuestra mirada sea cada vez menos limitada y más incluyente.

Por definición un líder de grupo o de proceso en cualquier campo de la vida debería ser alguien que tiene una amplia mirada y muy pocas limitaciones excluyentes en su perspectiva. Por definición debería ser la clase de persona que no se conformó con la educación recibida por otros cuando no podía elegir, y que se hizo a sí mismo un poco más sabio, más inteligente, más sensato, y más abierto al tener la oportunidad de optar por los aspectos en los que podía seguir creciendo. Las habilidades para vivir no son como la estatura, con la que tenemos que conformarnos y aprender a vivir con ella, podemos crecer, crecer y crecer, y si se nos antoja podemos no parar de crecer. Pero a veces las definiciones no coinciden ni con la realidad, ni con el deber ser, y llamamos líder a personas de muy corta visión, o nos dejamos liderar por personas que no vieron nunca más allá de su recibido destino, o lideramos a las personas desde nuestra muy apreciada pero incompleta manera de ser, sin hacer muchos esfuerzos por hacernos mejores.

Es así como las personas extraordinarias pasan desapercibidas para muchos, pues como suelen hacer parte de aquellos que no tienen interés en aparecer ni mostrarse, y como no suelen cumplir con los estándares de apariencia, ímpetu, inteligencia o ambición desde los que se ha construido la expectativa promedio sobre los demás, parecen a la vista distraída de muchos como parte del paisaje. Es más, es altamente probable que muy cerca de nosotros estén viviendo personas llenas de talentos, competencias y actitudes que son absolutamente necesarias para sacar este mundo adelante, pero nuestra mirada predecible no nos ha dejado verlos ni mucho menos valorarlos.

Las personas extraordinarias están en todas partes. Le ganan batallas a la vida todos los días, en sus trabajos invisibles, en sus familias por las que dan la vida, en sus relaciones, cuando renuncian a la posibilidad de usar a los otros para sacar ventaja. Están siendo buenas personas en una sociedad que le reduce importancia a la humanidad de sus humanos, tienen tiempo para acompañar a los otros, enseñarles cosas, escucharlas, y hacer lo que les corresponde con dedicación y entrega. Con frecuencia inspiran a quienes tienen muy cerca, porque viven con contundencia, como si en cada paso estuvieran dejando una huella. Son muchos, están por todas partes, y no quieren tomar el control de nada distinto al buen ánimo de aquellos a quienes se encuentran durante el día.

Quien aprende a verlos, a identificarlos, a valorarlos, rápidamente se enfrenta a la tentación de ser como ellos, porque algo que demostró la evolución es que la humanidad es contagiosa. Solo que hemos creído lo es exclusivamente en su faceta menos amigable, más áspera y antipática. Pero quien aprende a desligarse de las pocas o muchas limitaciones de su forma de ser, quien se atreve a ser más y mejor, no solo aprende a descubrir personas extraordinarias a su alrededor, sino que un día se da cuenta que también a él, a ella, otros le han estado mirando, y se inspiran.

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