Primero se hace la llave, luego el candado

El colegio supone una especie de pausa de la autenticidad. Recuerdo a mis padres, que cuando llegaban los días de reuniones en el colegio, no se vestían, ni hablaban, ni se comportaban como en casa, y adoptaban un tono más solemne de lo normal. Luego lo viví como maestro, cuando personalidades escondidas emergían hacia la superficie en esos valiosos y anhelados momentos en que, fuera ya de la sala de maestros, compañeros se reunían a escucharse historias, tomarse una cerveza o bailar. Lo viví cuando me encontraba, años después, con algunos exalumnos de colegios con los que había trabajado, que no se parecían mucho a lo que yo recordaba. Y entonces comprendí que yo mismo lo había vivido en buena parte de mi tiempo como estudiante. Que al cruzar la puerta del colegio mi personalidad entraba en una especie de pausa, que todos hacíamos parte de ese simulacro sobre la vida que se daba en los tableros, y que nos dábamos permiso de volver a ser nosotros mismos en los ratos de descanso y al oír el timbre de salida. Entre tanto, la vida contenida.

Se supone que lo que hacemos es preparar para lo que sucede fuera del colegio. Pero creo que esa suposición la tenemos atada al tiempo y no al espacio. Pensamos que preparamos para lo que viene después del grado, y no el mismo día, fuera de las paredes del aula. Y resulta que buena parte de las cosas más significativas para nuestra construcción de identidad suceden en ese tiempo antes del grado. Lo que me gusta y cómo me gusta, los amigos que elijo y el amigo que soy, mis reacciones a enamorarme, mis reacciones a tener que desenamorarme, la gran crisis con la familia, las preguntas más duras sobre la propia vocación, la asfixiante moralidad por dudar siempre si lo que hice fue lo correcto, todo eso pasa en el tiempo del colegio, dentro y fuera de colegio. Así que al intentar preparar para la vida, no podemos olvidar que estamos en la vida, que la vida nos está sucediendo en ese instante, y por eso es preciso que las herramientas para atravesar aquella niebla estén a la mano.

Ojalá pudiéramos heredar nuestras respuestas. Sería una tarea más o menos simple. Si como se presentan las conclusiones de los procesos académicos se pudieran presentar las conclusiones a las que hemos llegado sobre la vida. Pero no es tan sencillo. Empezando porque no siempre tenemos conclusiones sobre la vida. Para poder resolver los acertijos hay que tener hipótesis, para poder hacer frente a los retos de existir, y sobre todo de coexistir, hay que tener un mínimo equipaje de interpretaciones sobre la vida, sobre su significado, sobre la forma como hemos elegido vivir. Solo los seres humanos libres pueden enseñar la libertad. Entonces, para formar para la vida hay que haber sido primero un intérprete de la propia vida, alguien que no solamente puede contar la victoria de haber sobrevivido a sus tragedias, o aún a sus victorias, sino que puede contar cómo lo hizo, que identifica las fortalezas en las que encontró oportuno refugio, y las armas con las que se hizo a la batalla por aquello que quiso obtener y obtuvo. Con todo y eso, aquellas respuestas no se pueden – y quizá no se deben – heredar fácilmente.

Tal vez la educación para la vida, la paz, la autonomía, la provocación de principios y de sentidos, no consista en enseñar respuestas, tanto como en enseñar a responder. Es poco probable que los resultados de nuestro proceso estén hechos a la medida de otros protagonistas de otros procesos, pero lo vivido en el itinerario, la manera como fuimos entendiendo, comprendiendo, interpretando, descifrando la existencia, con sus azares, con sus líos, con sus inconsistencias, resulta profundamente útil para quienes entran en la simulación del aula con el afán de poder quitar la pausa al final del día para ir a enfrentar lo que deben enfrentar, o para buscar los medios disponibles para huir de lo que no quieren enfrentar.

Tal vez nuestra tarea no consista en instalarles paquetes éticos en sus apenas incipientes habilidades morales, sino en enseñarles a entrenar esas habilidades para que puedan tomar de la vida los elementos más significativos y construyan con eso el propio equipaje con el que puedan aventurarse a una vida auténtica y una libertad genuina, al ir culminando esas extenuantes etapas de la heteronomía.

En una fábrica de cerraduras y candados aprendí que primero se fabrica la llave, y una vez lista, según sus relieves y grabados, se construyen los candados. Pienso que de eso se trata la educación para la vida, de tener una hipótesis sobre ella, de tener unas intuiciones fruto del propio itinerario, y una vez listo ese paso, construir la formación para que los otros vivan su propio proceso. Los asuntos cruciales de la vida de nuestros estudiantes no van a pasar al terminar el ciclo académico, están pasando allí, mientras están sentados y tratan de concentrarse a pesar de no entender lo que pasó ayer en su casa, mientras escriben y con sutileza miran a la persona que les gusta, mientras juegan y tratan de tener una posición entre los otros, algo que les permita no ser invisibles, algo que les haga pensar que están vivos. Hagamos que se encuentren con adultos que les inspiren, por la forma como han interpretado su propia partitura de vida, por la manera como han convertido su propia historia en un instrumento para decir algo sobre este misterio de existir.

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